viernes, 30 de marzo de 2007

Capítulo 1: "Mi salvación"

“Mucho sufro al pensar en todo lo que pasó, pero al recordar aquellas cosas buenas y malas, reflexiono y me consuela saber que todo fue para mejor. Sólo espero que algún día podamos estar juntos...”

Diario de vida de Camila, 15 de diciembre

BAJO EL AGUA.

El gorgoteo incesante hería sus oídos, mientras la falta de aire taladraba sus pulmones. Manotazos inútiles la hacían hundirse más y más en aquella húmeda oscuridad. “Gabriel, Gabriel”, gritaba en su mente, pero él ya no vendría. Nunca más.

Sus brazos y piernas pronto dejaron de responderle. Se dejó morir, sólo un último pensamiento la consoló: volvería a ver a su amado. Sonrió y cerró los ojos, el frío la envolvió, pero ya casi no lo sentía, no había dolor, sólo una acogedora suspensión que lo abarcaba todo. Se dejó llevar. Pero de pronto la luz lo invadió todo, sacándola de su letargo, volviéndola a la vida. De un segundo a otro se vio suspendida en el aire, unos ojos azules que la miraban fijamente y con ternura. Luego, cayó suavemente sobre la tierra húmeda.


RIVERA DEL RÍO. DÍA.

Camila abrió los ojos lentamente, evitando el daño que la luz podía hacer a sus ojos. Estaba tendida boca a bajo, con la cara vuelta hacia un lado. De pronto, sintió entre sus dedos la suave presión de una mano. Sonrió levemente y miró, tratando de descubrir a su salvador... pero nadie estaba junto a ella.
Sin embargo, continuaba sintiendo esa mano en la de ella. Apretó un poco, evitando que la abandonara. Balbuceó algunas palabras ininteligibles, llamando a su salvador, agradeciéndole. Sintió, entonces, una leve caricia en su mejilla dolorida. “Vive”, escuchó. Luego, nuevamente la oscuridad cubrió su visión, enmarcada por las voces lejanas de una multitud.

-¡Ahí está, ahí está! –gritaba Miguel, mientras corría por la rivera del río, encabezando a la multitud de agentes, amigos y familiares que se habían sumado a la búsqueda de Camila. Casi cayó sobre la joven. La abrazó desesperado- Camila, Camila...

Pronto llegó un médico junto con el inspector Santos, quien estaba a cargo del caso. El médico revisó los signos vitales de la joven. Suspiró más tranquilo. Por lo menos la presión estaba muy poco alterada, el corazón trabajaba normalmente. Puso la mascarilla de oxígeno a la joven, mientras daba su diagnóstico al agente y a Miguel.

-Está bien, increíblemente bien. Creo que llegamos justo a tiempo... o esto es un milagro.
-¿De qué habla, Dr. López? –dijo Santos, tomando nota.
-Aparte de algunos cortes por el golpe y haber luchado para salir a flote, aparte del roce con algunos elementos escondidos en el agua, el resto es casi normal, sólo el stress típico y el cansancio luego de enfrentarse a una situación extrema. Por lo menos es lo que veo a simple vista.

Santos asintió, observando atentamente a la joven. Miguel la abrazaba preocupado, mirando alternadamente a Camila y al médico. Pronto llegaron dos enfermeros con una camilla, la familia y una cuadrilla de agentes que comenzaron a revisar la rivera en busca de alguna pista. Santos los acompañó.

-¿Cómo está mi hija? –preguntó la madre, casi al borde de la histeria. Su esposo la abrazaba, para evitar que se abalanzara sobre la joven inconciente.
-Está bien –respondió el médico- pero debemos llevarla al hospital y mantenerla en observación hasta mañana. Es un milagro que esté viva, se los aseguro –dijo, mientras observaba a sus enfermeros acomodando a Camila en la camilla. Miguel no se apartaba de ella.
-¿Por qué dice eso? –preguntó el padre, tratando de mantener la compostura. El médico lo miró sin expresión en el rostro.
-Porque según los cálculos que sacamos con el inspector Santos desde la caída de su hija en el puente, Camila estuvo por lo menos media hora bajo el agua. Ya tres minutos son un riesgo importante. Media hora...
-Lo entiendo, lo entiendo –dijo el padre, aturdido.

El inspector Santos se acercó a la pareja. Saludó con un leve movimiento de cabeza.

-Revisaremos todo el lugar. Hasta el momento no hay huellas visibles que nos indiquen cómo Camila salió del agua. No hay rastros de arrastre, nada –los padres de la joven lo miraron sorprendidos-. Sospechamos que alguien debió ayudarla, pero tampoco hay señales claras de esto... en todo caso, seguiremos con... –Santos se interrumpió, al reparar en un joven que lo miraba fijamente, semioculto tras unos arbustos. Echó a correr tras él, pero al llegar al lugar, el joven desapareció. No había rastros de él.
-¡Inspector Santos, Inspector Santos! –escuchó tras él. Giró y vio a uno de sus agentes que lo seguía.
-¿Qué pasa, Gómez?
-La joven despertó, dice que alguien la rescató...
-Eso sospechaba –respondió Santos, mientras revisaba el lugar en que viera al joven.
-¿Qué busca, inspector?
-¿No vio a alguien correr en esa dirección? –dijo Santos, indicando con su mano derecha. Gómez negó con la cabeza. Santos lo miró, torciendo el gesto-. Diablos, estoy seguro que lo vi. Estaba aquí. Vamos a hablar con la chica.

Pero ya los enfermeros habían subido a Camila a la ambulancia.


SALA DE ESPERA, HOSPITAL. DÍA

Una hora después, el grupo estaba en la salita de espera en el hospital. El Dr. López salió llegó caminando por el pasillo. El inspector Santos se adelantó.
-¿Cómo está la joven, Dr.?
-Está bien. Como dije en un primer diagnóstico, sólo está afectada por el stress y el cansancio. Mañana podrá irse.
-¿Cuándo podemos verla, Dr.? –preguntó la madre.
-Ahora mismo, está despierta.
-Yo necesito hablar con ella sobre el incidente –terció Santos.
-Por ahora no es conveniente, Inspector, será mejor mañana –respondió el Dr. López.
-Pero...
-Mañana –luego miró a los padres de Camila- por aquí, por favor.

Santos miró a Miguel, quien aún estaba sentado, mirando el suelo fijamente.

-Miguel... –el joven levantó la cabeza- ¿qué dijo Camila cuando recuperó la conciencia?
-Sólo preguntó por quien la había salvado. Le pregunté quién era, me dijo que no había podido verlo, excepto que tiene ojos azules. Luego, lloró y fue entonces cuando llegó el doctor –respondió Miguel, muy seguro. Santos se llevó una mano a la barbilla, pensando- ¿En qué piensa, Inspector?
-Mm, en nada... nada concreto aún, pero esto es demasiado raro.
-Lo sé, no creo que esto sea un intento de suicidio. Camila no es de ese tipo de personas.
-Pero está en tratamiento por depresión, según me dijeron sus padres.
-Sí, también le ayuda en algo el padre Iglesias, pero no sé... todo estaba tan bien.
-¿Algún enemigo? –Santos lo miró entornando los ojos. Miguel frunció el ceño.
-¿Enemigos? No, ni siquiera cuando era chica se peleaba con alguien. No, no creo.
-¿Y su novio?

Ante la pregunta, Miguel se puso a la defensiva. Siempre que hablaban de su hermano, lo afectaba. Guardó silencio por unos instantes, manteniendo fija la mirada en el Inspector.

-Mi hermano, Inspector, nunca tuvo enemigos. Ahora, si me disculpa, quiero ver a mi amiga. Permiso.

Miguel se alejó a paso rápido por el pasillo, rumbo a la habitación en que descansaba Camila. Santos sacó su libreta de apuntes y anotó en resumen la conversación con Miguel.

“¿Suicidio? No creo, pero... hay algo extraño, demasiado. La chica está bien, un milagro para el médico que la atendió. No hay huellas de terceros en el lugar en que encontramos a la muchacha, pero ella insiste en que sí hubo alguien... pero, ¿quién la empujó al caudal?”, pensaba Santos, mientras caminaba por el pasillo. Allí se topó con un sacerdote que caminaba presuroso.

-Discúlpeme, padre, no lo vi –dijo Santos, al chocar de lleno con el sacerdote.
-No se preocupe hijo –el hombre siguió su camino, pero Santos sintió un escalofrío que le recorrió la nuca. Giró para mirar al padre, pero éste ya iba muy lejos.

“Hum, aquí hay algo”, Santos giró y lo siguió. Pronto descubrió al cura conversando con Miguel. Frunció el ceño.

-¿Usted es el Padre Iglesias? –dijo Santos, acercándose. El cura asintió.- ¿Podríamos hacerle algunas preguntas acerca de Camila? –el Padre y Miguel se miraron, luego el sacerdote asintió con un leve gesto.- Gracias.
-Yo voy a buscar un café, ¿alguno quiere algo? –los aludidos negaron con un ademán. Miguel se encogió de hombros y se fue.
-Oh, disculpe, no me he presentado. Soy el inspector Pedro Santos, asignado al caso de Camila.
-Ya lo sabía –sonrió el cura.
-Bueno, Miguel me comentó algo de que usted es cercano a la familia, ¿no?
-Sí, así es, desde hace décadas que los asisto.
-¿Qué edad tiene usted, padre?... Si no es mucha la indiscreción, por supuesto.
-Sesenta años...
-¡Sesenta! No los representa –el cura rió con gesto torcido.- ¿Podría contarme algo de Camila? Todo indica que es un intento de suicidio, pero algunos detalles que me entregaron la familia y los amigos me indican que tal vez no sea así.
-¿Qué cosa quiere saber en concreto?
-¿Cómo es Camila? –el cura lo miró entornando los ojos- Oh, especifico más, ¿cómo es ella en relación a la religión, los amigos y esas cosas? ¿Se confiesa a menudo?
-Camila es una de esas personas que ya quisiéramos ver consagradas totalmente al Señor...
-Una monja...
-Exacto, pero ya que su vocación no es ésa, su ayuda y alma cristiana se manifiesta en muchas otras formas. Participa activamente de las actividades de la Iglesia.
-¿Ella manifestó en alguna conversación con usted algo que hiciera sospechar de un suicidio o algo extraño?
-No... –respondió el padre, levemente a la defensiva. Santos, para sus adentros, celebró el punto.
-O sea que nunca comentó algo...
-Recuerde, hijo, que yo no puedo hablar de ninguna cosa que mis feligreses hayan dicho durante una confesión... eso es secreto.
-Disculpe, es la costumbre. Bueno, creo que por ahora no tengo más preguntas, ¿dónde puedo ubicarlo?
-En la capilla cercana al hogar de Camila, Nuestra Señora de las Rosas.
-... Nuestra Señora de las Rosas, bien –dijo Santos, terminando de anotar en su libreta.- Gracias, padre. Hasta luego.

Santos se fue caminando por el pasillo. Al llegar a una esquina se escondió y espió los movimientos del Padre Iglesias. Éste miró atentamente hacia todos lados y detuvo la mirada frente a él y murmuró algunas palabras, acompañándolas con algunos gestos de enojo. Santos, sorprendido, entornó los ojos, como tratando de ver a quién se dirigía aquel hombre. Pero sólo vio una sombra que pasó rápidamente junto al sacerdote.

-No... no puede ser –murmuró Santos, apoyándose en la pared, preocupado.


HABITACIÓN CAMILA, HOSPITAL. DÍA.

Camila descansaba tranquila en la camilla. A su alrededor, sus padres y el Dr. López, quien acababa de terminar de examinarla.

-Bueno, ella está bien, no presenta complicaciones, así que mañana podrá irse a casa –anunció el doctor.
-¿En serio, doctor? –preguntó la madre.
-Pero ahora debemos dejarla descansar.
-Como usted diga, doctor... –respondió el padre. Luego, se acercó a su hija, la besó en la frente.- Hasta mañana, mi niña. Que duermas bien.

Luego la madre la tomó de la mano, la besó, le acarició la mejilla y se quedó mirándola por unos segundos. Sólo el abrazo de su esposo la despertó de su ensoñación. Salieron.
Camila despertó algo sobresaltada a los pocos minutos. Miró a su alrededor. Le costó un rato descubrir que estaba en un hospital. Poco a poco los recuerdos volvieron a su mente, y el dolor se apoderó de su cabeza. El ahogo, las burbujas alrededor, el frío... y esos ojos bondadosos frente a ella. “Vive”, escuchó por segunda vez. Giró bruscamente y sólo vio la borrosa figura de alguien junto a la camilla. Asustada se aferró a la almohada, respirando agitadamente y mirando detenidamente cada rincón de la habitación.
“Vive”. Camila giró otra vez, buscando al que hablaba. Pero esta vez sintió que le rozaban la mejilla y aferraban suavemente su mano. Sonrió levemente.

-¿Eres tú? –murmuró. La sensación en su mano fue de un leve apretón. Camila sonrió feliz. –Gracias...

“Vive...”, escuchó por última vez antes de perder la conciencia, “... vive, que yo siempre estaré a tu lado”.


CALLE CERCANA AL HOSPITAL. DÍA.

Santos caminaba lentamente, analizando los hechos. La sombra que creyó ver lo tenía preocupado, desde hacía mucho tiempo que no percibía algo así. Para ser exactos, desde el día de aquel fatal accidente, en que su hermano menor terminó por caer desde el techo de la casa, mientras gritaba que un enorme animal lo perseguía. Nadie lo creyó, sólo Santos... porque él vio la sombra de ese animal, un verdadero monstruo.
-¡Maldición! –casi gritó Santos, con un nudo en la garganta al recordar a su hermano. De pronto vio un auto bastante lujoso que salía desde el hospital. Iba al volante el cura Iglesias.- Já, ésta sí que está buena, el curita en tremendo au...

Santos se interrumpió al ver la figura que iba en el asiento trasero del auto. Era la figura de aquel ser que persiguió a su hermano.


HABITACIÓN, CASA MIGUEL. DÍA.

Miguel abrió de golpe la puerta de su habitación. Tiró la chaqueta sobre el silloncito del rincón y saltó a la cama cansado. Dio unas cuantas vueltas, buscando la mejor posición, pero la preocupación lo tenía trastornado. Se sentó. Suspiró. Giró la cabeza y fijó los ojos en un cuadro en que estaba una foto en la que aparecía junto a su hermano y Camila. La tomó, con gesto triste.

-Ah, hermanito... perdona por haberla dejado sola. Sé que te juré protegerla, pero, no sé qué pasó, desapareció de pronto, no... ya no importa, sólo ayúdame, ¿okey?

De pronto, Miguel sintió un frío intenso que le erizó todos los cabellos de la nuca. Se levantó presuroso y revisó la ventana. Estaba cerrada. Extrañado, fue hacia la puerta y la abrió, mirando directamente hacia la habitación que estaba al frente. Esa puerta también estaba cerrada.

-¿Qué mier...?

Una figura oscura pasó junto a él. Miguel se quedó mudo. El cuadro con la foto resbaló de su mano, haciéndose añicos en el suelo.


HABITACIÓN CAMILA, HOSPITAL. DÍA.

Camila dormía tranquilamente, cuando se despertó de golpe al sentir cerca de ella el ruido de algo que caía al suelo y se rompía, como si de vidrio se tratara. “Miguel”, pensó al instante. Se incorporó para alcanzar el teléfono, cuando vio en el suelo el marco de una fotografía hecha trizas. Asustada, se llevó las manos al pecho, pero en un abrir y cerrar de ojos, la imagen desapareció. Camila se abrazó, angustiada.


PATIO, CASA ADJUNTA A IGLESIA. DÍA.

El padre Iglesias se paseaba de un lado para otro, preocupado. Los últimos acontecimientos no estaban previstos en su agenda, sobre todo eso de que un “fantasma” había salvado a Camila. De pronto, el sacristán apareció.

-Padre Iglesias, un hombre llamado Inspector Santos desea hablar con usted.
-Hágalo pasar... pero antes, guarde la ofrenda, ¿bien?
-Sí, señor.
El sacristán se retiró presuroso, mientras el padre Iglesias observaba fijamente a un pajarito que se había posado a pocos metros de él. A los pocos segundos, entró el Inspector Santos, quien iba a saludarlo, cuando vio con estupor que el pajarillo desaparecía abrasado en llamas.
El padre Iglesias cerró los ojos horrorizado y cayó de rodillas, mientras Santos abría la boca sorprendido.
-¿Qué diab...?
-Hijo, por favor, no pronuncie esa palabra aquí...
-Oh, discúlpeme, padre... pero esto es... insólito...

Santos se acercó al carbonizado pajarillo. Sacó un lápiz y comenzó a remover las cenizas. El sacerdote miraba con asco.
-Mm, interesante... posible combustión espontánea... sólo cenizas, restos de una pata y un ala intactos... tripas quemadas... lápiz quemado... -Santos dejó caer el lápiz totalmente chamuscado en la punta- era mi mejor lápiz, dem... –miró al padre, quien aún respiraba agitado por la impresión- perdón.

Santos se acercó al padre y lo ayudó a levantarse. Luego, el cura miró los restos del pajarillo e hizo el signo de la cruz. Santos observó de reojo todo a su alrededor, buscando algo que le indicara cómo murió el ave.

-¿En qué puedo ayudarlo, hijo?
-Ah, eh... quería saber más acerca de Camila, pero veo que los misterios están a la orden del día hoy...
-¿Se refiere al pajarillo?
-Sí, he visto casos de combustión espontánea, pero esto es ridículo... ¿un pajarillo?
-Las fuerzas del Mal actúan de formas misteriosas también, hijo mío.
-¿Usted cree que anda... por estos lados?
-Mi trabajo no es creer o no creer, eso es parte de la vida de los laicos y aquellos que aman a Dios por sobre todas las cosas, mi trabajo es traer a la gente a ese momento de reflexión en que verán la luz y sabrán que hay un Dios junto a ellos.
-Pero también su contraparte, el Yin-Yang, la Luz y la Oscuridad, etc.
-Hijo mío, no involucre doctrinas que no pertenecen al cristianismo en estas cosas.
-Pero todo existe...
-Yo sólo sé que existe un Dios y en Él es en quien debemos creer, nada más. ¿Estamos claros?

Santos observó con curiosidad y divertido al cura. Típico. Siempre se cerraban cuando el mundo se les remecía bajo los pies. Santos disfrutaba sacándolos de sus casillas.

-Bueno, padre Iglesias, yo...
-Lo siento, hijo, pero creo que por hoy no podré conversar con usted. Lo del pajarillo me tiene preocupado. Debo reflexionar. Con permiso...

El cura se retiró, dejando a Santos con las preguntas a flor de labios. ¿Qué se proponía ese tipo? ¿Pensaba que lo había convencido con toda esa perorata religiosa? Santos se golpeó la palma abierta de su mano derecha con el puño de la otra. Ese curita algo se traía entre manos, sin embargo Santos dudaba hacia qué lado jugaba el sacerdote.


FRONTIS HOSPITAL. AL OTRO DÍA, TEMPRANO.

Camila iba del tomada del brazo de Miguel. Por fin la habían dado de alta en el hospital. Iban alegres, sonriendo y conversando, cuando el inspector Santos llegó corriendo junto a ellos.

-Inspector –dijo Miguel, saludándolo con un leve movimiento de cabeza.
-Miguel, Camila...
-Disculpe, no nos conocemos –dijo ella.
-Él es el inspector Santos, está a cargo de investigar qué fue lo que te pasó, Camila.

Camila miró a Miguel y luego a Santos, muy seria. Luego, estrechó la mano que Santos le tendía.

-Mucho gusto.
-Camila, sé que es un poco... molesto que empiece a preguntarte sobre lo sucedido, pero debo hacerlo para saber la verdad.
-Lo sé, inspector, no tengo problema en responder sus preguntas, pero sólo le pediría que me esperara hasta que vea a mis padres. Necesito hablar con ellos.
-¿Podrías ir hoy a declarar?
-Sí...
-Bien, entonces, te espero a las...
-¡Cuidado!

Miguel agarró a Santos y lo tiró hacia sí. El tiempo pareció detenerse. Santos sintió un viento frío que lo golpeó en la nuca y espalda. Camila y Miguel vieron pasar una moto a toda velocidad por la vereda en que un segundo antes estuviera el inspector. La moto terminó por estrellarse contra una jardinera que rodeaba el acceso al hospital. Santos y los chicos se miraron aterrados.

Fin Capítulo 1, Extended Versión / Director’s Cut.
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